JORGE LEMOINE Y BOSSHARDT
Sitio oficial del escritor argentino
JORGE LEMOINE Y BOSSHARDT
Una brújula girando desesperadamente

(POEMAS)
LA MUJER
Yo sé que estas cartas sólo te las habré escrito. Que tal vez nunca las ataré a la sinceridad, al viento, a una estampilla. Sé también que es muy posible que nunca te deje este cuaderno para que lo abras. No sé cuál es el miedo. Tal vez el de que te pierdas dentro de él como en un templo interminable por misteriosas lámparas y catacumbas de desconocidos lenguajes. Y sin embargo yo soy este cuaderno. Este cuaderno soy yo.
Como amigos que fuimos tantas veces sin palabras, quisiera contarte lo que me asalta y me ilumina, lo que me vive y me prolonga, lo que me explota y lejanía. Pero no puedo. Debo no poder, porque éste es el inventario de una partida. ¿Cómo pedirte que enciendas tu sonrisa, que compartas alegre la ebriedad de mi alegría? Yo me voy aquí, tú permaneces en esas cosas que fueron una vez un poco mías. Como un ratón escondido saltará de algún ropero alguna zapatilla, en algún momento encontrarás mi gastado cepillo de dientes, algún enronquecido poema, un billete de avión o de tranvía. Tú deberás lavar las copas de la fiesta, vaciar los ceniceros y ahuyentar por la ventana el día. Tú no podrás respirar, hasta yo me siento solo en esta despedida, en la casa blanca de mirada marítima, en la casa nuestra sonora y vacía.
Naro, a veces los gusanos se vuelven mariposas, hay ciertas hormigas que vuelan en la primavera, y hay mil cosas hormigas, mil cosas voladoras. Tal vez somos retrasadas golondrinas,
rosas de pasada u hojas migratorias.
Yo no lo sé, me estoy cayendo de este árbol,
me voy por las encías de la tierra
con rumbo de otoño, la fecundidad es mi paso.
Me arrastran lejanas primaveras
con riendas de besos
pero yo no me arrastro,
mi partida es dolorosa pero tiene algo de vuelo.
Nuestras ramas ya no me sostienen,
me ha tocado el otoño,
a ti te toca el invierno.
Yo caigo a pudrirme con la lluvia
y tú te quedas a secarte con el viento.
Es triste, ya lo sé, todo era triste,
antes que inventáramos la espuma,
la palabra, el verso que lo dice.
Es triste, yo no quisiera irme,
pero mi corazón me estoy volviendo puma
y hay algo muy urgente que me embiste,
me existe, me levanta, me caminos.
Yo no tengo razones, tengo polen,
algo que en los ojos se desviste,
un poco de melancolía, algo de hastío,
un instinto natal por otros donde.
Yo no quisiera pero quiero irme,
ella se llama con un claro nombre,
como el agua que trota por las piedras
y tiene mirada de galope.
Quisiera contarte cada verso,
cada guitarra temblorosa, en celo,
quisiera contarte cómo es ella,
pero no puedo, de verdad no puedo.
Se me cae la voz hecha ceniza
y el alma me huye como un tajo.
Yo la quiero, yo también te quería
con un poco de paz y de trabajo.
Yo también estoy solo en esta carta,
se me acercan las manos de mi hijo,
se me posan, me besan y me matan,
yo estoy solo en esto que te escribo,
yo estoy náufrago en el alta mar de mis recuerdos,
yo estoy solo en la casa solitaria.
De noche, algunas veces, entre besos,
entre húmedas palabras como savia
y ahora en esta pieza en el cuaderno
recuento cada poro del silencio,
cada grumo del sonido en nuestra cama,
cada célula de amor y cementerio.
Voy como un lento gusano por los muros
midiendo la totalidad de mi partida.
A veces me detengo en algún cuadro,
en las lentas herramientas de tu vida,
en los rincones hundidos, más oscuros,
en una simple cuchara en tu cocina.
Me detengo en cada cosa y hasta a veces
me faltan alas definitivas,
pero debo partir, me está llamando
un instinto de vivir o de nacerme.
Como un tren me espera aquel pasillo,
me fusila la puerta y los zapatos
saben que no tiene regreso ese camino
y tiemblan en silencio, por debajo.
Tal vez no es ahora la partida,
tal vez a cada cosa ya me he ido
sin saber que me ganaba la ceniza.
Tal vez ni estas páginas que he escrito
forman parte de nuestra despedida.
EL DIVORCIO
No quiero acarrear estos puñales
suministrar alas heladas
ni amputar sueños.
Todos somos el derecho de todos
mientras yo festejo nuevas anclas y brújulas nuevas
tú vas por la casa recogiendo fotografías.
Yo te quería tal vez
tal vez te quiero todavía, tal vez tantas cosas todavía.
Tú estás lejos enhebrada por pasillos y trincheras
por ventanas que la mañana moja
con sábanas infinitas
y yo estibo en mi garganta este árbol de clavos
yo llevo tu muerte
en mis manos que lloran y tiemblan
porque querían ser golondrinas.
Amiga, vieja compañera
mi amor no puede sucumbirte
pero se me escapa del alma.
Esta impotencia de redes
este agua que se adelgaza entre los hilos.
Cómo puedo morirte sin muerte?
cómo puedo vivirte sin morir?
Hay volcanes que tiran de mis ojos
como toros empecinados
hay timones que llueven sobre mi corazón.
Hay rincones que arrecian sobre mi corazón
tú arreciabas mi corazón.
Yo te quería.
Y hasta a veces me lamía sediento las heridas.
Y vigilaba anhelante las espuelas
de nuestras batallas.
Recuerdo nuestra cama (la última) como un barco
tal vez como una mesa sola en una casa sola
recuerdo tu espalda tus ojos distantes
tantas veces mi mirada naufragada
mis huidos cuadernos mi fulgor de ceniza
mi ronquera de rincones, recuerdo una por una
cada cosa. La geografía de mi memoria se echa
a dormir en las bahías de tu cuerpo. Y yo no quiero
dolerte yo no quiero las palabras del olvido esas
que amordazan los antiguos poemas las que arrasan
el amor con el nombre nuevo del amor.
Yo no quiero pisoteando borrar con pies desaforados
aquellos caminos esenciales aquella amada piedra
el árbol sospechoso el primer jardín de las distancias.
Durante tanto fracasado milagro durante tanto
extravío he querido quererte (tal vez lo conseguía)
he querido juntar en un retablo amanecido los
pedazos indescifrables de mi alma en ruinas.
Y en ese inventario de turbias demoliciones de
escombros de suicidios a los que llegué tarde, tantas
veces no encontraba mis pies o mi nombre o
equivocaba el orden de mis dientes y ponía esa
incriminada golondrina en el lugar sonoro de mi
corazón. Estas páginas son siempre las sábanas del
amor, las de los pies fugaces de mi boca. Y en una
ráfaga de agonizadas palomas veo aquel denodado
poema la letra vegetal del amor que se hinchaba
veo aquella estrella hecha de beso el muelle
tanto pan y algo ventana de la espera en que
nos dábamos la mano para tantear al hijo
que venía (y vena) por tu cuerpo con su inmóvil galope
de duraznos, su naranja de terremoto sus
manos que se han hecho pequeños barquitos de
papel. Perdona que no ponga si lloro mientras escribo.
El canto de la muerte es en silencio. Yo sé que
a veces creías que por vertederos finales y cerrojos
amainaban esas cartas y esos lejanos meses de
lejanía y esas fotografías ocultas que te dolían silenciosas
en algún cajón donde se guarecían monstruos y
venenos y nombres prohibidos. Yo sé que a veces detrás de mis desnudos
antifaces sentías gemir, crujir, jadear
o suspirar los tallos que se iban despertando
y que contabas con genital paciencia, como las de aquellas
plantas que eran casi flores, las hojas nuevas
que recuperaban mis pupilas. Yo sé de mis trincheras
de mis uñas de mis agónicos recodos, sé de algunas
palabras que se escapaban como humedad o promesa.
De esas intrincadas olas del asalto sin besos
de la espuma a veces solitaria. De los arcos iris
que no tenían suficiente cielo y de las otras playas
extáticas a veces donde entre viejas resacas
íbamos reconstruyendo con ansiosos dedos y clavos de
saliva el barco de nuestro primer naufragio.
Todo lo sé. Sé que las flores serán las de un desierto.
Sé que te di una paloma herida que cuando trató
de volar abrió su tajo en llamas y te mojó de
sombras. Te dije que vinieras y te dije que no
vinieras, te regalé las llaves pero clavé la puerta.
Qué puedo hacer. Cuál es el primer día del fracaso?
cuál es el límite de la derrota? hasta cuándo
se golpea hasta cuándo se uñas y muñones en este derrumbado túnel sin salir o morir?
No volvimos a preguntarnos por los anzuelos
primeros, por aquel zarpazo de nombres que
entró o entré como una inundación en la casa
de nosotros, derrumbando sillas y mordiendo
retratos. O mejor no volví a respondernos.
Fui de nube o peor de humo anduve escabulléndome
como un fusil, con la promesa debatiéndose y la
traición furtiva.
Tu dolor me duele con páginas vacías con días
que no supe que iban siendo despedidas, tu dolor
me sube como un candado y me muere me escupe
la voz con flores de raza equivocada. Tu dolor soy
delito y sacerdote del otoño. Pero hay caminos
que estallan las anclas, una marea de caminos
una marea alta una noche de faros ululantes
y tinieblas a gritos y yo zarpo como naciendo o muriendo
y te arranco de cuajo la memoria. ¿Cómo pedirte
perdón, con qué palabras, con qué caricias secarte la
casa solitaria con qué besos enjuagarte los besos
que no quedo con qué olvido no haber sido
con qué recuerdo quedarme? En mí se trama una
rosa de desiertos un nudo de ebriedades sin Dios
ni horizonte. Tantas veces parto tantas veces
apenas llego y apenas parto después de tanto
apenas vuelto. Tantas veces Lautaro me ata
la sombra con sus atroces juguetes y me fusila
con su voz de colibríes con su voz pequeña de
candentes precipicios. Tantas veces. Tantas y estas
fotos con que me suicido de a poco. Este
minucioso veneno, qué puedo hacer, cómo quedarme
este espantoso equipaje de cuevas metido
siempre hasta los ojos en mis cuadernos de pozos o trincheras.
Yo quisiera llevarte la mañana, un racimo
cotidiano de canciones y esas rosas que hablaban
rojamente como un pan de velas encendidas
pero te llevo la ronquera de mis manos
mi voz que tropieza y un espejismo de días
sin bandera. Quise fundar mi memoria
deponer mis lejanías, redimir mis huellas
rendir mis salados recovecos. Decirte un día
después de tantos días que ya había vuelto, darme
cuenta de tu mesa congregada y apreté los
dientes y cerré los puños y contuve el aliento de
mi arreciante podredumbre, pero te clavé de
desertadas canciones, te crucifiqué de desmentido
herrumbre con altares disfrazados con cadalsos
que tenían voz de sirena. Tal vez dos muertes no
sea bastante mis pezuñas criminales devastarán
cada cúpula sagrada cada almena depuesta cada
arco de rosas que se te haya caído en la batalla. Y yo
quedaré herido con tu espera con tus rosas de nuevo con
tu traicionada primavera y yo quedo herido pero no
me muero y mi herida es culpa y mi dolor tendrá sonrientes
espejos cuando no quiera verme frente a frente
con el cuchillo ensangrentado de luna y el poema
ensangrentado de silencio, cara a cara con el crimen.
Un día en nosotros fueron todos los ovarios de la tierra
telares de alba nos buscaban la lengua
carcajadas de lava levantaban nuestro aliento
desatados ríos acarreaban la primavera hasta mi
cama sin cenizas.
En el pan nos encontrábamos y en la campana.
Y el aburrimiento no andaba socavando ni
enmoheciendo. La rutina no lamía las cosas que sostenían
el día. ¿Cómo decirte que ahora sí? Dame tu herida
como una sonrisa para poner mi puñal como
una rosa. ¿Cómo puedo no terminar esta carta con
aquella misma estrella, cómo besar la frente de Lautaro
yo cómplice de la noche polizón de la puerta, cómo
martillar su mirada desnuda con mi espalda
turbulenta de nuncas?
¿Cómo cambiar tu nombre por el de una hermana
cómo darte de beber estos andenes cómo asestarte
este puñetazo de lágrimas cómo decirte estas
equivocadas brújulas cómo pedirte que guardes los zapatos
viejos de mi historia? No me voy de tus altares
a otros templos, mi boca no trasborda nombres
mis sueños no se visten de nuevos lenguajes.
Me he quedado sin Dios eso es todo. Ahora ya sé
que no puedo construir a Dios con sólo rezos a pesar
de que nunca tuve palabras suficientes ni
manos apretadas suficientes o que ahora nunca
las habría tenido. Pusiste en el teléfono tu voz
como una ofrenda como una mansa llamarada de
campanas, yo les arranqué el domingo les amputé
las alas te escupí la lengua con ronquera. Siempre
el mismo labriego de flores venenosas, de cosas
con las que no se puede hacer pan.
Ahora necesito quitarme la coraza ser mucho
más víctima decirte que lloro, ser menos culpable
estar un poco loco tener olor a sonámbulo
pasearme por nevadas cornisas abrir la boca para
que entre alguna herida a raudales. De par en par
el silencio para tener alguna lápida que llame a
los que vendrán a perdonarme. Y sin embargo no comprendo
el perdón. No sé siquiera si edifico en esta página
un espejo, si le escribo esta carta a mis insomnios a mi conciencia
si quiero demorar la copa clandestina. La azotea
que se derrama sobre las sirenas, los sueños desterrados.
No quisiera ser el turbio sacerdote, la ritual
cicatriz la canción que se condensa
y lava. No quisiera ser mi absolución. Quiero
bayonetas ladrándome jardines ladrándome arrojándome
puñados de sequía, conminatorios hermanos
sin sillas para mi destierro un inventario de soledad para mi culpa.
No soy un emigrante; prófugo de la tierra
gangrena planetaria. Pero antes de irrumpirte
esta carta, antes de estallarte la boca, de hacharte los
ojos y machacarte hasta la última ceniza quiero dejarte el
mapa de mi cueva el itinerario
de mi despavorido escondrijo, para que si un día
amaina mi crimen en tu carne y puedes enterrar también
las cruces de tu cementerio, vengas a mis costras
sobrevivientes a encontrar al amigo que también
fui nube que tampoco claridad que ni siquiera pañuelo.
He releído esta carta durante la que mi boca no tropezó
ni acampó para secarse el sudor. Apenas alguna
ventana del avión el tórax americano disminuido
bajo la altura como una dentadura de piedra
montañas desencadenadas, cráneo, mandíbula geográfica.
No podía detenerme, borbotones de lámparas
envenenadas se me desmoronaban por dentro
y caían al renglón amigo. Al silencio ordenado
e inventariado en blanco.
Hay en los hombres la misma
fatigabilidad de la tierra. A veces
se cambian las semillas a veces se
amamanta el polvo con sus propios
hijos como las gatas que se comen la placenta.
Y a veces a pesar del sudor, de las
tempranas fatigas de las lluvias y
las nobles semillas, la primavera
sopla en la flauta terrestre pero la
canción de espigas no brota. Es entonces
cuando el terreno está ronco. Los cardos
andan recuperándome el alma.
Con esto no digo que ninguna flor
es cierta o que no podríamos poner
los mismos cardos en un jarrón, sobre la
mesa. Digo que la arena me intenta
que la piedra me interrumpe y la aridez
logra mis vetas. No quiero los
nombres cotidianos del amor para nombrar
su muerte. Sería demasiado
doloroso. Naro, yo tengo esta enfermedad
de tinta y a veces la piel de
mi alma se oculta debajo de mis
costras se esconde en el agua de las
ampollas bajo el pus enmascarado de
las pústulas. Tú lo sabes, has deletreado
mi boca tantas veces. No puedo emprender
este lanzazo sin disfrazarlo de paloma.
Voy de carta en carta de nombre en nombre
de amigo en amigo de recuerdo en recuerdo
palpando a tientas el óxido y el terciopelo.
Hablo a los amigos con que hablábamos
lloro sobre nuestro cubrecama en mi memoria. Les sonrío
a las macetas del balcón a través de la distante
ventana. Estoy solo en esta culpa como un
cáncer de carbón en una napa de
oro. Y no sé mentir ni decir la verdad. No
puedo quedarme ni partir. Lloro o sonrío
le hablo al espejo, al aire, me miro la memoria
al espejo me miro el crimen y el silencio al espejo
me miro la vida y el futuro al espejo, sonrío
o lloro es la única imagen que recojo.
Si pudiera haberte regalado muchas más flores
flamantes puñados de canciones una camisa
de besos para tus hombros donde hacía pie la
tarde... Recuerdo cuando a veces volvíamos
de la rabia con espuma de cuchillos en la
boca salpicando gritos derretidos aún y
de repente la espuma era de súbita flor
los gritos eran súbitamente tules que volaban
y deponíamos esa especie de odio indesterrable
escondiéndolo bajo la alfombra, detrás de algún
párpado o entre las muelas junto al musgo
del tiempo. Recuerdo cuántas veces estuve
por escribir de nuevo la palabra amor
y mi garganta se agachaba o se quebraba
en el aire como un barrilete roto y te decía
apenas una mirada esquiva, un recodo en
la boca. Nunca habré sabido dónde empezaba
esta carta. Tal vez en algún descuidado
ademán en un borbotón de murciélagos
cuando vigilábamos mariposas o atajábamos
guitarras con el pecho. No lo sé, no lo sabré.
La vida es un laberinto sin retroceso. La piel
de la tierra era toda caminos. Tuvimos
pies para éste. El destino era cualquiera
y emprendimos esta memoria con lentitud
de empecinados dientes. Y aquí estamos ahora.
No puedes mirarme a los ojos. Te llamo para
que lo hagas para que precipites tu última herramienta
tu último anzuelo ávido. La vida no
nos permite una vuelta de pista preliminar
un recorrido estudioso. Cuántos errores nos
quedan (amos) por nacer o morir. Yo no lo sé.
Ayudémonos a alguna paz cualquiera.
Yo siento que llegamos a la cima de nuestras
manos a la cúspide de nuestros almanaques
aquí nuestro camino cae bifurcado. Nos
queda un único cauce
común la única vaina donde esconder esta
ceniza, Lautaro. Él es el guante que guarda
nuestras manos juntas. Qué más puedo
decirte? Es cuestión de decidir. Decidir
quedarnos o decidir partir. Decidir durar
o decidir decidir. Y yo tengo miedo de saber
que ya he tomado mi rumbo que ya he echado
a andar el viento que mis velas se hinchan
y tiran y que el tiempo ya me da la nuca.
Quiero un último tramo de espejismos
para arrancarme si es preciso las manos
buscando el agua en nuestra arena. Por eso
quiero que vengas para que la tal vez última
vez no haya pasado inadvertida.
Caminar por un muelle como un ciego
sin saberlo es un poco lo que no habría pasado
no es justo resbalar. Debemos arrojarnos o
permanecer de pie. No elijamos la cobardía
del tropiezo. Ya tanto ha sido casualidad.
Yo no quiero darle llaves al destino. Soy
yo el jinete de mi vida timonel y fogonero.
Subámonos a la locomotora aunque sea
sangrando rieles pero mereciendo el rastro
que dejamos aunque sea de escombros y
gangrena.
LA HERMANA
Querida Kel. Estoy acorralado en una página, extraviado en un sueño sin salida, sumergido en un ciego envenenado o en un Dios borracho que aprieta las mandíbulas.
Te mando esta paloma confidencial porque quiero saber que estás sabiendo. No sé dónde ni cuándo, apenas casi, pero sabiendo. Vos habrás sido el único testigo, la única anticipación, algo de ese viejo rito de ser antes la foto que el momento de la foto, como un motín de manos apretadas contra este diluvio de kilómetros. Sólo puedo confabular con vos, por eso te derramo estos espejos.
Hace poco, el 16 de noviembre, salí de Casuarinas. Quiero leerme decir todo esto. No tenía ganas de salir. Alguna gota cansada se resbalaba por las suelas de mis zapatos. Los relojes arreciaban sobre mi cabeza. En el avión le escribí a Ainara (te transcribiré la carta). Empezaba un último tramo de espasmódica nostalgia. Yo me estaba yendo un poco famélico de veredas y aventuras de trasnochados encuentros con alguien que siempre es más uno mismo que otra cosa. La primera noche salí y troté por ahí sin resultados dignos de donjuán. En la editorial había algunas miradas accesibles de las que yo huía con tesón cremoso. Pero las salidas... No era la primera vez. Desde aquella telenovela mexicana pasaron muchas cosas, divertidas, tristes, ansiosas... finalmente efímeras. Ainara estaba a salvo en un bolsillo de un pantalón que siempre dejaba en el ropero. Desde Patricia, entre Naro y yo las cosas se cambiaron de zapatos, de corbata y a veces hasta de antifaz, pero éramos los mismos. A ella le bastaba, o era lo que esperaba o conocía. Yo a veces me aburría, no siempre; a veces me enojaba, no siempre; a veces sentía lástima, algo más que no siempre, y pocas veces una especie de aviso, una señal, algo que volvía o se regeneraba.
No sé de verdad si los aviones, si los recuerdos y los sedimentos de no sé tampoco qué cosas en algún desfondado sueño. No sé nada. El caso es que había una brújula girando desesperadamente. Te escribo para saber que un poco no he mentido. Y la verdad es ésta, que lo he hecho copiosamente. Y la verdad aún más es ésta: Solciré. No importa quién, cuándo, cómo. Yo.
El problema es éste; hasta cuándo se tantea tratando de reconstruir en la oscuridad? ¿Cuál es el final de la incerteza? ¿Cuándo será cierto que no es cierto? ¿Cuándo se está absuelto del contenido de la verdad, siempre que la verdad, en sí, no sea un crimen?
Kelly, muchas veces te cuento secretos por la noche mirando los techos de todas estas ninguna parte en estos hoteles que son siempre el mismo. Hoy quiero que no seas yo mismo; quiero decírtelo. A veces la lástima o la compasión, la incerteza o la gratitud por un chorro de años me hace tenerles miedo a las retrocedidas palabras. Creo que esto no debería repetirse constantemente. Creo que no la quiero más. Antes dudaba de haberla querido alguna vez. Eso quedará enterrado entre mi sombra desordenada de hace ocho años y la desteñida memoria. Creo que algo la quise. Cómo no. Ella dijo una vez que yo la había usado. Tal vez. Tal vez mucho más que tal vez. Hoy, a veces me oigo hablar con los amigos y (es triste decirlo) me parezco a cierta polvorienta canción de Palito Ortega. Aquella del sabor a nada.
A veces la vigencia de las emociones que saltan como un arco que se suelta, se vuelve indulgente con nosotros y nos permite vivir de cosas lentas, casi suaves y un poco solitarias. Recuerdo unos candelabros donde enredo o enredaba los ojos con descuido durante tanta paloma volcándose lejos, en otra parte, donde no somos. Todas esas historias vacías que la nuestra propia es muerte.
A veces una cierta tranquilidad te indulta tantos abortados gritos, tanta lava de besos que se caen por las sienes de un sueño. Pero cuando conoces a alguien y se te mueven los zapatos en los pies como queriendo irse, cuando conoces una quinta o décima persona por primera vez y ésa sí es la primera, cuando no te reconocés en los espejos y llenás cuadernos con burbujas y te animás a ciertas desvergüenzas y te descalzas el temor de las palabras prohibidas y decís beso y amor y te animás de repente a las monstruosas verdades, entonces te parece que la mayor de las culpas es el suicidio y que no vale esperar a los sesenta para ya no tener treinta y que sea de verdad demasiado tarde.
Éste es el problema. Estos días no caben en una sola carta. Hay demasiadas cosas, colgajos de enmohecidas canciones harapos de lámparas que arrastro apagando rumbos a cada paso funerario. Y esos otros de jugar a ser ardilla de correr por el aire con la boca y transitar con páginas la noche buscando la palabra exacta el homenaje el pedestal la rosa.
Ya sé que todo andaba mejor y de repente cayeron almanaques al galope.
La única vida definitiva es el pasado. pero de qué sirve quedarse sospechando cicatrices en los pies, llagas aquietadas y ciertos roncos consuelos sin saltar sin decidirse a haber nacido sin perder de un solo trago el último tren del suicidio que todos traemos puesto.
Kelly sólo quería empezar a decirlo porque me parece que voy a poner una bomba de espinas y no quiero salpicar muy lejos. Por favor no mastiques techos amargos, esos de los insomnios. No te preocupes. Qué carajo digo? Y Lautaro me mira desde las fotos con sus ojos de sonido fosforescente. Pero qué puedo hacer? Empiezan las justificaciones = Yo desparramaría una gratitud opaca o más bien odiaría a gritos si a una cierta edad, de repente hubiera sido siempre la culpa de las anclas involuntarias de papá o mamá. Pero no sé de haberlo sido. Qué sé yo. Los chicos pueden entender o tal vez hay cosas más difíciles de entender aún.
Lo que más me demora es la fragilidad, quizá, de Ainara, no me gusta romper, pero una operación a tiempo duele menos que una vida de ataques al hígado. Ojalá que ojalá!, que todo sea bien, que sea cierto alguna vez que no hay mal que por bien no venga. Ainara no sabe de Solciré. Ése es mi hachazo subrepticio que quisiera no dar. Porque tal vez es un escudo. Yo no lo creo pero no tengo derecho a no dudarlo. No quisiera mezclar una cosa con otra, quiero saltar con los dos pies en el aire, no uno en el muelle y otro en el barco. Cerrar una puerta y si después veo la otra todavía, dormir una noche a la intemperie y soñar que entro a la mañana. No quiero acarrear culpas para nadie. Entrar en el jardín con los pies contaminados. Todo el mundo tiene derecho a no ser causas tenebrosas. Yo la quiero a Solciré. Cómo puedo recordarme mañana? Pobre Ainara, yo no sé siquiera si me quiere o simplemente no quiere cambiarse de zapatos. Tener nuevos callos, qué sé yo. Yo le he dicho un poco de mis hollines, de mis turbios renglones de apagada memoria, de mi pus en marcha pero no hay palabras suficientemente pañuelos, estas cosas se hacen siempre mal, porque son malas. Te mando también una carta que le escribí a Ainara para que puedas sopesar los rincones oscuros de mi aliento. Esa carta la leeré con ella bajo el quincho o qué sé yo dónde, en cualquier caso debe conocerla. Ya no hay inocencia suficiente para mentiras piadosas. A pesar que me reservo una.
Le he pedido a Naro que vaya a Casuarinas, al principio reculó al teléfono cuando me oyó tan distante. Ahora ya ha decidido ir. Si en casa, sin necesidad de atender a otra cosa que al sol y a la gente, entre todas las cosas mágicas, la navidad y la mayor medida de esta especie de delito, mi decisión no retrocede, será una consolidación definitiva. Tal vez se me coagule una mariposa en la boca, de todos modos el primer tal vez no nos pertenecía. Vaya a saber quién tuvo la culpa de la primera inocencia.
Hablaremos copiosamente en Casuarinas. Ahora te dejo con un beso enorme, con un abrazo como el del día que te casaste con una flor esculpida con los dientes.
Te quiero.
Rolfi
LA AMANTE
¡Incendio! Está la calle atestada de peligro.
Hombres disfrazados de hormiga hormiguean
como burbujas incalculablemente.
Arrastran venas raudas, largas flautas donde se apura el agua como un urgente animal.
Nadie mira a nadie. Nadie recuerda nada.
El fuego embiste como un toro derretido.
Olas, lenguas, banderas, túnicas y bramido.
Las hormigas le clavan su aguijón chisporroteante. Las heridas del fuego son húmedas y vaporosas.
Yo estoy en esta esquina y no me pregunto por los señores asustados, por los amantes que se derriten en los calcinados colchones, por los cuadernos como éste que se van por la ceniza, por el carbón de los miedos y los besos con rumbo de humareda.
Ni siquiera pienso que podríamos haber estado allí, jugando a siempre, tú y yo, en un mañana cualquiera.
No.
No hay incendios para nosotros. No habrá mangueras escupiendo; gritos de socorro, reventadas ventanas. Habremos tal vez una inundación de mariposas, un caos de flautas incandescentes, un diluvio de palomas luminosas.
No me importa que se quemen estas casas. No hay tiempo más allá de nuestros ojos. No hay muerte ni dolor ni urgencia.
Toda la tierra nos asiste como un planeta que concentra su circulación, su pulsación de palomas subterráneas en la primera raíz de su naturaleza. Están dejando que el fuego se queme.
Ya le han sacado los ojos. Le han clavado una inminencia de agua. Ese mar vertical ya se desploma.
Cerca de mí hay dos señores en pijama que no se parecen en nada a nosotros.
No saben que han sido condenados a cuaderno perpetuo.
Me voy antes que me salpiquen con rincones.
LA AMANTE
Nunca te he contado que cuando yo no había elegido todavía mis pájaros, vivía en una casa con rostro verde. Allí fui feliz. Vivía en el amor sin conocer su nombre, y en mis sueños aún no había puertos.
Pero un día entró un pájaro ciego, con mirada de azufre. Creo que yo tenía la sonrisa como la tuya, como un castillo de marfil. El pájaro voló esparciendo miedo, salpicando sombras. Luego nunca pude olvidar la palabra pecado. Alguien arrancó las rejas de la casa, profanaron las flores, usurparon raíces a la primavera, echaron escombros al río que ciñe aún el terreno y la cintura del verano no tuvo nunca más guitarras.
No he vuelto a ver la colmena estelar, la noche de Casuarinas con mil luciérnagas ancladas.
Esas hojas que arrancamos juntos para palpar el olor del eucalipto, la savia en voz alta de la hiedra, me recuerdan el olor de mi memoria virgen sin ronquera aún, como los pies de un niño. Y desde que empecé a dejar de rezar, a perder de vista el miedo y mucho más la esperanza, desde que mi vida se volvió un largo suicidio minucioso, no había vuelto a anticiparme al nombre del amor. A sorprenderme enamorado. A encontrármelo dentro sin haberlo hecho pasar.
Qué me pasa con vos Solciré?
LA AMANTE
Pequeña mía, camoatí de melodías no inventadas, cueva de flautas pastoras del oro
Quiero hablarte a veces
sin decirte nada. Pasear
de tu nombre por la atmósfera, volar de tu mano por la música, acampar en una mariposa y clavarme una manzana para tener un corazón.
Tal vez en las olas del tiempo, tal vez con las prestadas sandalias del destino, tal vez porque sí, porque dios, porque caminos; yo no sé por qué pero nos encontramos.
Ahora me parece que saliste de una profecía, que a través de muertes y mañana vine buscándote y que ya mi brújula puede echarse a dormir como un fiel perro de caza. Tu voz es la medida exacta de mi oído, tu cuerpo es el barco de todas mis tormentas, tus ojos tienen enterrados talismanes, tu pelo es el país natal de mis caricias.
Tú me indultas lo más arduo de ser hombre = ya no me pregunto por los irrespondibles dioses. De repente comprendo que vivir era una búsqueda y puedo dormir calentado por el fuego donde se queman mis gastadas herramientas de caminante.
Me he preguntado muchas veces por qué tejo estas redes, qué quiero pescar con mi poesía. Era tu alma, un pez originario. Pero las redes cayeron de tus ojos y estaban tejidas con hebras de vuelo de golondrina. Y no eran redes de atrapar, eran como manos de secar el sudor de las bestias atrapadas, toallas de sueño para los que nacen enterrados.
Me contaste que te amamantaste de lámparas, que pacía en los espejos de tu cuello sus raíces de luz la madrugada.
Me contaste que a veces te vertías por las ramas amargas de la noche y volvías hecha de rotura y extravío.
Me dijiste que tenías cementerios en la boca y algunas cruces en la piel y en las palabras.
Me contaste de dioses de diamante que bajaban con los ojos por el aire y me enseñaste a jugar a ser un dios de ésos.
Y cuando te tocaba yo tañía el universo.
Me contaste tantas cosas, por ejemplo que la boca no era herida ni dolía, que ése era el sagrario de las profecías, que todo lo que hacía era de besos.
Me enseñaste a jugar a los naufragios. Yo tenía alguna sal en mi madera. Pero tú eras mares diferentes y me devorabas y me devolvías.
LA AMANTE
Mientras la cabellera mojada de la canción
resbala por la piel de mis bronquios
como un látigo enamorado
Miro los barcos debajo de esta altura
como cisnes o adormecidos camalotes
El cuerpo turbulento de américa
golpea mi ventana, ruge su desnudez
de hileras y casas
la ancha vagina de su puerto.
Allí fue, allí pasó mi escondida historia
mi desenvainado destino mi rastro que me buscaba
los pies por esas calles que eran las que a veces
mi memoria vacía no conseguía inventar.
El llanto es un sonido nupcial que hay en mis ojos como una casa hinchada de silencio. No puedo llorar, muerdo mis sueños como viejas uñas. No nos tocarán campanas. No nos correspondía otro milagro que el dolor luminoso de sentirse vivo a cada muerte que nacimos con las raíces ensangrentadas Voy esparciendo cadáveres, cementerios de sonrisas mi rastro es el inventario denodado de un profético veneno. He llegado hasta ti con pies de muerte con paso de fogata con mirada de turbio martillazo he llegado como un capitán de suicidios postergados a tasar la exacta medida de mis dientes a saber el número total de mis delitos. Ése es mi homenaje para ti. He llegado de sangre con corazón sangriento ileso de mí pero lentamente herido, llegué con pie de llamarada. Pero de repente habías sido, y estabas ante mi tiempo como una isla hospitalaria como el profetizado altar. Y en ti era una cara toda mi mochila de rostros, toda mi sedienta exhausta cantimplora de nadies. Todos mis olvidos te recordaban. Te parecías a las cosas más simples, al pan y al agua a las sábanas y a los amaneceres con llamadas y a las calandrias indescifrables entre misteriosas ramas a algunas cosas sucias como uñas entregadas y a todas las cosas limpias. En ti no había otro delito que la vida otro pecado que no haber sido todavía eterna. Te vi y es verdad que me encontraba. Una manada de ventanas me golpeó la espalda, de mis ojos volaban como hojas secas todas las fotografías y todas las cartas. Yo ya venía de ninguna parte. Cómo poder recomenzar este camino hay demasiadas flores no puedo detenerme ni mirar atrás, todos los pasos a mi espalda siguen conmigo.
LA AMANTE
Basta ya de edificar columnas
me voy a lanzar en avalancha. Mi querida
Sol. Esta aula es un útero negro y un poco el paladar sangriento del infierno. Aquí se puede morir azotado de burbujas. Pero no hay ningún modo de nacer en este sitio
Como te imaginarás aquí no viven palomas
esos pequeños planetas de harina que yo venero para dibujar tu cuerpo. Por supuesto no hay tampoco extraviadas golondrinas retazos de emigrados veranos, ateridas de soledad en este jardín de turbios aplausos.
Me he zambullido en esta página como un fugitivo entre la maleza quiero enterrarme bajo el aire un poco como Casuarinas bajo su cielo marrón-ocupado.
No quiero estos nadies con historia que giran entre las butacas. No sé los nombres de ninguno. Odio este sitio lentamente. Cada cosa está sucia de distancia. Éste es el sitio de mi primer abandono. Ésta es nuestra primera lejanía. Por eso execro cada célula de espacio, cada átomo de soledad.
A veces me parece triste que no sepas qué zapatos tengo puestos, qué camisa, qué recuerdo, qué exacta postergación, qué número soy de la demora de mi muerte.
Yo me estoy poniendo color de araña. ¿No es triste de verdad? De todos modos estoy desnudo bajo la ropa igual que estamos juntos dentro mío.
Hay algo más que he comprendido, es algo que se podría dibujar con anatomía de balanza. Imaginate si creyera en Dios y le pidiera que todo salga bien. Imaginate que Ainara hiciera algo proporcional.
A que no te podés imaginar el desastre administrativo de las Oficinas Celestes?
Es mejor que no creamos. Dios nos agradecerá sus vacaciones.
LA MUJER
Naro me estás doliendo mucho
te portaste bien conmigo
hicimos muchas cosas juntos
fuimos también un poco amigos
Vivimos en la misma casa
seguimos en el mismo hijo
yo no sé de verdad lo que me pasa
a mis pies están llamando los caminos
LA MUJER
Las razones del amor son siempre explicables.
¿Cuáles son las del olvido?
Si me disecaran el aliento hasta
el último nervio, si me desmantelaran
piedra a piedra la mirada
como un edificio hasta no dejar una
sombra, si emprendieran el recuento
de mi alma con las más minuciosas
tijeras el diagnóstico sería: amor
El veredicto sería la vida.
Tú tienes otra página que escribir tal vez más solitaria. Pero quizá encuentres más sonrisas en tus lágrimas de las que en la garganta esperas. A lo mejor un día te levantas con un anzuelo de luz, por la mañana, y vas a abrirle la puerta a un camino fecundo que te llama e invitas a entrar a la primavera y abres la boca turbia de los roperos prohibidos y echas a volar puñados de música por el aire de la casa y abres las ventanas para que salgan huyendo las incrustadas soledades.
Me voy como el que huye de un incendio. No quisiera despertarme lejos y preguntarme por el desastre sin saber responderme y tener que huir de mi huida durante el largo camino de la cobardía.
Quiero dejar una jornada con pies de honestidad. Quiero una travesía sin estelas como heridas, una partida sin dolor irremediable por la espalda.
Las lágrimas son inminentes. Lo hemos dicho tantas veces. Pero por este arduo recorrido tus pies se han hecho árbol y los míos agua. Tú te quedas y te moran pájaros, yo me voy y me habitan a veces unos cielos reflejados. Las piedras de la ruta acomodaron nuestra identidad irrevocablemente. Irrevocablemente alas, ya no me quedan anclas, el viento del otoño me desgarra los mástiles del corazón, mis venas se hinchan con demora, hay horizontes en mis ojos que emigraron hace mucho.
La vida no tiene perdón para la vida.
Mi alma zarpó a una nube hace ya tanta partida. Ahora me toca a mí que me quedé demorado a acomodar algunas cosas que lloraban o llorábamos demasiado.
No nos juntamos para vivir, sino para amarnos. El amor era la vida. A veces partimos de la vida para recuperarlo pero ya el tiempo nos pide la cuenta de nuestras cosechas. Hay horizontes verdes en mis sueños.
Pongo tu foto sobre esta página mientras escribo, así es más decírtelo, más vivo, más serlo, y esta carta no se vuelve uno más de los tantos mohos que nos derrocan, un poco más del inconfesado armamento de la traición.
Quise oponerme a la sequía a veces con obstinación de cacto. Mis espinas te picaron. Me volví lagarto y repté por tus días con silenciosa muchedumbre de vacío, entonces me pisaste porque no me veías, me intenté alacrán para asustar tu pie y tuve miedo de serlo demasiado, sólo me quedaban los pájaros y quise volar para adornar con algo de poesía nuestro páramo desértico y no hice más que levantar el vuelo para inventar un rumbo de rosa y vi a lo lejos (en esos lejos que nos pasan a veces tan cerca) un jardín incalculable de flores que yo no conocía. Entonces supe que siempre había sido ave y recordé ese jardín que venía buscándome inmascarablemente por entre brotes y altares y tránsito de despedidas.
He venido a decirte que me voy, que me he ido, que tal vez nunca he estado aquí. Nada de eso es verdad. No existimos hasta que no encontramos el espejo. El que fui te quería. El que soy no te ha querido nunca. Por lo tanto debo haber venido a decirte que estoy muerto, que Rolfi ha muerto, que se transformó en pájaro carpintero y se metió dentro de un tronco y nadie puede ahora adivinar cuál de todas las flores del árbol soy. Para qué contarte que hay una abeja que salió del corazón del oro que sabe mi flor y viene a veces a encerrarse conmigo?
Cada vez estoy menos triste, me cuesta pero creo que es inapelable, que estoy obligado a vivir rotundamente, que las anclas que pesan más que el barco tienen algo de suicidio. Sé que fundé mi zozobra en la isla de otro navegante. Buscando leña y fruta para abastecernos encontré la mía, había un paisaje que reconoció mis ojos, huellas que llamaron y saludaron a mis pies. Vengo a dejarte la fruta y la leña.
Allá lejos me estoy esperando a comer, me estoy esperando a vivir, a besar, a ser, a crecer. Encontré la tierra de mis raíces. Nunca sabía por qué era estas abejas; allí las dejé, había tantos pétalos. Y ese hondo zumbido en mis ojos como el de los caracoles... ahora sé de dónde traía la canción.
Debo pedirte perdón por la tormenta que me arrinconó en tus costas, por haber encallado en tus dientes, por haberme quedado a pernoctar en tu isla, por no ser en fin ni un buen piloto navegante ni un buen carpintero para arreglar el casco roto de mi embarcación. Ahora me voy, dejo un poco de devastación en tus selvas, estragos de hachas en tus troncos, me llevo en mi estructura un poco de tu madera, he calafateado mi buque con la saliva y la sangre de tus plantas y después de agotar tus racimos me voy dejando los pecíolos desnudos.
He venido a que me digas que soy un hijo de puta. Ya lo sé.
LA MUJER
Naro aire,
Tal vez en una feria de cosas alegres hay racimos de globos, manadas de colores que capitanean la sonrisa de los niños. Tal vez en alguna parte hay payasos graciosos. Yo no puedo aceptarlo. Cuando veo una langosta de irisadas alas como una esmeralda voladora mi alma se ilumina con las costas de un mañana de promesas. Estoy empezando a comprender a algunos borrachos.
Estoy tan contento de esta tristeza que sería capaz de bailar por fuera del espejo y estar vestido de luto en la imagen dentro de él.
Pero no puedo decírtelo. Debo empezar la verdad por su sombra: por la mentira. A fuerza de tratar de parecer, de buscar actitudes estoy extraviándome en mis bronquios y ya no sé cuál es la salida. Quisiera poder compartir esta alegría con vos, ya te lo he dicho, creo; pero voy y vuelvo en un vaivén interminable como un péndulo sin decidir cuál es el dolor menos doloroso.
Imagino que cuando se desocupa una casa todo el mundo se pone triste por los días que ya no serán allí, en vez de sentirse feliz por los que fueron. Estoy casi seguro de que esto será más o menos lo que nos pasará. Yo te deberé años eternos en vez de pagarnos mutuamente un saldo de los siete que habremos compartido.
LA AMANTE
Recuperé la voz. Ya no tengo olor a ceniceros astronómicos, ya no sueno a coagulación de luz lunar, a detención, a ola demorada, a rota espuela lunar en un mar emancipado. Pero sobre todo, lo más sonar, lo más aliento, lo más torre, lo más andanada de campanas, bayonetas de flores, lo más miel al acecho, es que puedo olvidarme y venir a tu nombre, venir a esta ceremonia del amor a poner en pie mi sangre, a desenvainar relámpagos, a desterrar tinieblas, a derrotar diamantes, a tomarme una copa de delirios y acarrear tus amapolas, los naranjales insondables de tu pelo, hasta los atracaderos finales de mi boca.
Hoy leí en el diario del infierno que la onza de amor no se cotiza, que el gramo de guerra está en alza y que hay bancarrota de jardines en los hemisferios de la noche. Por eso decidí emplearme en una relojería, para clavarle una cifra equivocada al reloj genital del desgaste e infartar el tiempo, romper las manijas de su puto y hediondo corazón.
What the hell! Si todavía lo necesito como a un remero, galeote intransferible, para que me lleve hasta el encuentro, para que me desembarque en tu beso y me naufrague en el mediodía de la eternidad. Luego lo mato como a un buey, por la espalda, desde el pasado, para quedarme eternamente dentro tuyo, separados y juntos, aurícula y ventrículo, como un reloj de arena. Ése será mi único suicidio de hoy en adelante. Me mato mi pasado. Clavo mi zapato en una nube para que llueva despavorido sobre la vagina boquiabierta de los volcanes, que son mis amigos, mis perros custodios. Ellos se lo van a comer y lo escupirán por el otro lado de la tierra fecalmente acero de hacer cerraduras y ametralladoras.
EL SUEGRO
Querido Negro,
No sé si te escribo ésta para
mandártela o para saber qué es lo que digo
para dejarme salir. Volcarme.
Tal vez leerla te deje congelado
en una estatua de sal. Te sorprenderás y no.
Pero no quiero dolerte. Recuerdo aún aquellas
horas tristes de Casuarinas algún día entre septiembre y octubre en que se nos puso raída la mirada. Por aquel
banco que daba hacia la terraza, hacia la mañana
hacia quién sabe cuándo, por aquella paternidad
volcánica, ese abrazo desollado, quiero cumplir una
promesa. Me diste un número postal. Ése ya no lo
tengo. Casuarinas será lo mismo.
Es verdad que yo puedo acomodar estos renglones
como quiera. Pero intentaré no engañarme,
caer a borbotones como el orden de la nieve se desordena por los ríos.
LA AMANTE
He puesto sobre la mesa sus fotografías
no pude acomodar su ausencia
porque hace ya muchos poemas
se disipó con ciertas cosas
Mi ropa está aún en la maleta
He escondido tu retrato en un cajón oscuro
porque no quiero mirarme la memoria
con esta mirada nueva
He dejado el tiempo sobre la mesa
pero se fue a la calle
con la noche a cuestas.
Yo estoy con la tristeza puesta
desnudo sobre la cama
un poco sábana el cuaderno
y esta fría sábana extranjera
A veces me asalta tu nombre
como una actitud de supervivencia
pero me muerdo los labios
y escondo en el cajón la lengua
Todo lo demás lo escondo aquí
quiero que sepas.
Ella mira desde mi alma desierta
yo no la miro
yo no la miro a ella
Le he pedido perdón en una carta
Le dije los caminos y también la tristeza
Le dije que las cosas se me escapan
que huyen a veces al poema
y que algunas otras se refugian
mucho más allá de mi cabeza
Le dije que no te he conocido
Le dije que nadie y me mordí las venas
Le dije que me crecen los zapatos
que a veces me entristecen cosas viejas.
Ella no dijo nada estaba inmóvil
en el aire ausente de la pieza
la carta aún no la he cerrado
para que mi corazón la lea.
La he escrito para mí, para mis culpas
para que me indulte aún la primavera
para que vuelva hasta mi insomnio
en los feroces días de la condena.
Mi sentencia es la vida
no hay nada que quede más afuera
Miro otra vez su retrato es siempre el mismo
ella me mira yo no la miro a ella
La tristeza es a veces infinita
del olvido ya perdí la cuenta
el alma vuela se evapora
y se asienta en cada cosa y queda
Ahora ya termino esta paloma
es la hora de ti, es cuando llegas
y atracas tu perfume inmenso
entrando como el alba por la puerta
el recuerdo es una flor nocturna, se abre
mi alma se evapora y vuela
tu imagen la tripula amiga
tu nombre la ilumina compañera
Toda mi historia duerme dolorida
Toda mi historia canta y se despierta
por la ventana entra tu canto amigo
y el silencio huye por la puerta.
He venido con los besos a la página
con los dedos untados de tu ausencia
tu cara pleniluna mi recuerdo
tu vida me está haciendo poeta.
Tengo que hablarla por teléfono
(Tengo que hablarla por teléfono)
Tengo que contarte algunas otras cosas:
tengo una foto mucho más pequeña
que me mira y me hunde ya lo sabes
que me asesta su pálida inocencia
Voy a buscar tu foto ahora, ya la tengo
es esa donde tú me besas
o te beso yo o nos besamos
y el aire hace el amor con la tristeza
(el aire hace el amor con la tristeza)
Ya las tengo todas casi juntas
pero aún no las puedo poner cerca
Él me anuda a su mirada inmóvil
mi alma consiente a su mirada inmensa
Ella me mira yo no la he mirado
Tú que me besas
Yo que creo que comprendes ahora esta tristeza
Ella me mira yo no la he mirado
Tú que me besas
Comprendes ahora esta tristeza?
Ahora debo decirte francamente
que miro su retrato para hacer que vuelva
como una resaca todo lo pasado
Sabrás entonces, si después de ésta
no recibes otras cartas encendidas
que he dado aquellas cosas por perdidas
en el fondo de las fotos y que ella
me sigue mirando y yo también la miro
y que tus fotos quedarán sobre la mesa
cuando esté partiendo cuando me haya ido
por un olvido que tal vez recuerda.
EL HIJO
Para contarte esta historia hijo mío
tendría que esperar que te cuelgue
la mirada
que llevaras algunos olvidos
algunas puertas cerradas en el alma
No puedo imaginarme tu cabeza
tu mano que tendría algo de mapa
tu estatura tu voz un poco llena
de las cosas que llevaras clavadas.
Elegiríamos un árbol una piedra
sería tal vez una mañana
nos sentaríamos como dos cosas viejas
dejando que el silencio nos hablara.
Tiraríamos pedradas sin destino
hablaríamos de las nubes o del viento
—esas nubes sí las imagino—
yo olvidaría hablarte de estos versos.
¿Cómo decirte que llevamos algo roto
que el amor a veces se disipa
que se secan las manos y los ojos
que todo lo invade la ceniza?
Cómo habría de explicarte cada noche
cada foto cada muerte de memoria
explicarte que me fui sin donde
a cambiarme de zapatos y de historia
Cómo explicarte que mi corazón hizo agua
que le entró la noche hasta el hastío
Tiraría tal vez otras pedradas
Miraría a los ojos al vacío.
Y después te lo diría todo
de una sola llave de una sola agua
te abriría mi corazón de lodo
y te daría a beber todas mis lámparas.
Te diría su nombre de casi catarata
te contaría sus ojos de panales
y usaría palabras no estrenadas
para contarte su alma de trigales.
Yo no sé dónde está ese árbol protegiendo
el primer día de nuestras raíces
el momento de mirarnos a un espejo
sin buscar ni frases ni matices.
Ese día tal vez un poco ronco
te pediría inaugurar ciertos olvidos:
Cambiar el nombre obligatorio
del padre por el de un amigo.
Ahora ya zarpo de esta historia
para no anticiparme a mi memoria
y a mis pasos, antes del camino.
Libro 77 (1)
2006.
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